lunes, 11 de julio de 2016

Neoliberalismo: la raíz ideológica de todos nuestros problemas



Análisisnálisis
Neoliberalismo: la raíz ideológica de todos nuestros problemas
Desde el colapso económico hasta el desastre ambiental, pasando por el ascenso de Donald Trump: el neoliberalismo ha desempeñado un papel en todos ellos.
¿Cómo es posible que la izquierda no haya planteado una alternativa?
GEORGE MONBIOT
01/05/2016 - 20:22h
           
            




Imaginen que los ciudadanos de la Unión Soviética no hubieran oído hablar del comunismo. Pues bien, la mayoría de la población desconoce el nombre de la ideología que domina nuestras vidas. Si la mencionan en una conversación, se ganarán un encogimiento de hombros; y, aunque su interlocutor haya oído el término con anterioridad, tendrá problemas para definirlo. ¿Saben qué es el neoliberalismo?
Su anonimato es causa y efecto de su poder. Ha sido protagonista en crisis de lo más variadas: el colapso financiero de los años 2007 y 2008, la externalización de dinero y poder a los paraísos fiscales (los "papeles de Panamá" son solo la punta del iceberg), la lenta destrucción de la educación y la sanidad públicas, el resurgimiento de la pobreza infantil, la epidemia de soledad, el colapso de los ecosistemas y hasta el ascenso de Donald Trump. Sin embargo, esas crisis nos parecen elementos aislados, que no guardan relación. No somos conscientes de que todas ellas son producto directo o indirecto del mismo factor: una filosofía que tiene un nombre; o, más bien, que lo tenía. ¿Y qué da más poder que actuar de incógnito?
El neoliberalismo es tan ubicuo que ni siquiera lo reconocemos como ideología. Aparentemente, hemos asumido el ideal de su fe milenaria como si fuera una fuerza natural; una especie de ley biológica, como la teoría de la evolución de Darwin. Pero nació con la intención deliberada de remodelar la vida humana y cambiar el centro del poder.
Para el neoliberalismo, la competencia es la característica fundamental de las relaciones sociales. Afirma que "el mercado" produce beneficios que no se podrían conseguir mediante la planificación, y convierte a los ciudadanos en consumidores cuyas opciones democráticas se reducen como mucho a comprar y vender, proceso que supuestamente premia el mérito y castiga la ineficacia. Todo lo que limite la competencia es, desde su punto de vista, contrario a la libertad. Hay que bajar los impuestos, reducir los controles y privatizar los servicios públicos. Las organizaciones obreras y la negociación colectiva no son más que distorsiones del mercado que dificultan la creación de una jerarquía natural de triunfadores y perdedores. La desigualdad es una virtud: una recompensa al esfuerzo y un generador de riqueza que beneficia a todos. La pretensión de crear una sociedad más equitativa es contraproducente y moralmente corrosiva. El mercado se asegura de que todos reciban lo que merecen.
Asumimos y reproducimos su credo. Los ricos se convencen de que son ricos por méritos propios, sin que sus privilegios (educativos, patrimoniales, de clase) hayan tenido nada que ver. Los pobres se culpan de su fracaso, aunque no puedan hacer gran cosa por cambiar las circunstancias que determinan su existencia. ¿Desempleo estructural? Si usted no tiene empleo, es porque carece de iniciativa. ¿Viviendas de precios desorbitados? Si su cuenta está en números rojos, es por su incompetencia y falta de previsión. ¿Qué es eso de que el colegio de sus hijos ya no tiene instalaciones de educación física? Si engordan, es culpa suya. En un mundo gobernado por la competencia, los que caen pasan a ser perdedores ante la sociedad y ante sí mismos.
La epidemia de autolesiones, desórdenes alimentarios, depresión, incomunicación, ansiedad y fobia social es una de las consecuencias de ese proceso, que Paul Verhaeghe documenta en su libro What About Me?. No es sorprendente que Gran Bretaña, el país donde la ideología neoliberal se ha aplicado con más rigor, sea la capital europea de la soledad. Ahora, todos somos neoliberales.
No es sorprendente que Gran Bretaña, el país donde la ideología neoliberal se ha aplicado con más rigor, sea la capital europea de la soledad.
El término neoliberalismo se acuñó en París, en una reunión celebrada en 1938. Su definición ideológica es hija de Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, dos exiliados austríacos que rechazaban la democracia social (representada por el New Deal de Franklin Roosevelt y el desarrollo gradual del Estado del bienestar británico) porque la consideraban una expresión colectivista a la altura del comunismo y del movimiento nazi.
En Camino de servidumbre (1944), Hayek afirma que la planificación estatal aplasta el individualismo y conduce inevitablemente al totalitarismo. Su libro, que tuvo tanto éxito como La burocracia de Mises, llegó a ojos de determinados ricos que vieron en su ideología una oportunidad de librarse de los impuestos y las regulaciones. En 1947, cuando Hayek fundó la primera organización encargada de extender su doctrina (la Mont Perelin Society), obtuvo apoyo económico de muchos millonarios y de sus fundaciones.
Gracias a ellos, Hayek empezó a crear lo que Daniel Stedman Jones describe en Amos del universo como "una especie de Internacional Neoliberal", una red interatlántica de académicos, empresarios, periodistas y activistas. Además, sus ricos promotores financiaron una serie de comités de expertos cuya labor consistía en perfeccionar y promover el credo; entre ellas, el American Enterprise Institute, la Heritage Foundation, el Cato Institute, el Institute of Economic Affairs, el Centre for Policy Studies y el Adam Smith Institute. También financiaron departamentos y puestos académicos en muchas universidades, sobre todo de Chicago y Virginia.
Cuanto más crecía el neoliberalismo, más estridente era. La idea de Hayek de que los Gobiernos debían regular la competencia para impedir monopolios dio paso entre sus apóstoles estadounidenses −como Milton Friedman− a la idea de que los monopolios venían a ser un premio a la eficacia. Pero aquella evolución tuvo otra consecuencia: que el movimiento perdió el nombre. En 1951, Friedman se definía neoliberal sin tapujo alguno. Poco después, el término empezó a desaparecer. Y por si eso no fuera suficientemente extraño en una ideología cada vez más tajante y en un movimiento cada vez más coherente, no buscaron sustituto para el nombre perdido.

Ideología en la sombra
A pesar de su dadivosa financiación, el neoliberalismo permaneció al principio en la sombra. El consenso de posguerra era prácticamente universal: las recetas económicas de John Maynard Keynes se aplicaban en muchos lugares del planeta; el pleno empleo y la reducción de la pobreza eran objetivos comunes de los Estados Unidos y de casi toda Europa occidental; los impuestos al capital eran altos y los Gobiernos no se avergonzaban de buscar objetivos sociales mediante servicios públicos nuevos y nuevas redes de apoyo.
Pero, en la década de 1970, cuando la crisis económica sacudió las dos orillas del Atlántico y el keynesianismo se empezó a derrumbar, los principios neoliberales se empezaron a abrir paso en la cultura dominante. En palabras de Friedman, "se necesitaba un cambio (...) y ya había una alternativa preparada". Con ayuda de periodistas y consejeros políticos adeptos a la causa, consiguieron que los Gobiernos de Jimmy Carter y Jim Callaghan aplicaran elementos del neoliberalismo (sobre todo en materia de política monetaria) en los Estados Unidos y Gran Bretaña, respectivamente.
El resto del paquete llegó enseguida, tras los triunfos electorales de Margaret Thatcher y Ronald Reagan: reducciones masivas de los impuestos de los ricos, destrucción del sindicalismo, desregulación, privatización y tercerización y subcontratación de los servicios públicos. La doctrina neoliberal se impuso en casi todo el mundo −y, frecuentemente, sin consenso democrático de ninguna clase− a través del FMI, el Banco Mundial, el Tratado de Maastricht y la Organización Mundial del Comercio. Hasta partidos que habían pertenecido a la izquierda adoptaron sus principios; por ejemplo, el Laborista y el Demócrata. Como afirma Stedman Jones, "cuesta encontrar otra utopía que se haya hecho realidad de un modo tan absoluto".
"Me siento más cerca de una dictadura neoliberal que de un gobierno democrático sin liberalismo", dijo Hayek en una visita al Chile de Pinochet
Puede parecer extraño que un credo que prometía libertad y capacidad de decisión se promoviera con este lema: "No hay alternativa". Pero, como dijo Hayek durante una visita al Chile de Pinochet (uno de los primeros países que aplicaron el programa de forma exhaustiva), "me siento más cerca de una dictadura neoliberal que de un gobierno democrático sin liberalismo".
La libertad de los neoliberales, que suena tan bien cuando se expresa en términos generales, es libertad para el pez grande, no para el pequeño. Liberarse de los sindicatos y la negociación colectiva significa libertad para reducir los salarios. Liberarse de las regulaciones estatales significa libertad para contaminar los ríos, poner en peligro a los trabajadores, imponer tipos de interés inicuos y diseñar exóticos instrumentos financieros. Liberarse de los impuestos significa liberarse de las políticas redistributivas que sacan a la gente de la pobreza.

La autora canadiense Naomi Klein explica que los neoliberales propugnan el uso de las crisis para imponer políticas impopulares, como se hizo tras el golpe de Pinochet, la guerra de Irak y el huracán Katrina.

En La doctrina del shock, Naomi Klein demuestra que los teóricos neoliberales propugnan el uso de las crisis para imponer políticas impopulares, aprovechando el desconcierto de la gente; por ejemplo, tras el golpe de Pinochet, la guerra de Irak y el huracán Katrina, que Friedman describió como "una oportunidad para reformar radicalmente el sistema educativo" de Nueva Orleans. Cuando no pueden imponer sus principios en un país, los imponen a través de tratados de carácter internacional que incluyen "instrumentos de arbitraje entre inversores y Estados", es decir, tribunales externos donde las corporaciones pueden presionar para que se eliminen las protecciones sociales y medioambientales. Cada vez que un Parlamento vota a favor de congelar el precio de la luz, de impedir que las farmacéuticas estafen al Estado, de proteger acuíferos en peligro por culpa de explotaciones mineras o de restringir la venta de tabaco, las corporaciones lo denuncian y, con frecuencia, ganan. Así, la democracia queda reducida a teatro.
La afirmación de que la competencia universal depende de un proceso de cuantificación y comparación universales es otra de las paradojas del neoliberalismo. Provoca que los trabajadores, las personas que buscan empleo y los propios servicios públicos se vean sometidos a un régimen opresivo de evaluación y seguimiento, pensado para identificar a los triunfadores y castigar a los perdedores. Según Von Mises, su doctrina nos iba a liberar de la pesadilla burocrática de la planificación central; y, en lugar de liberarnos de una pesadilla, creó otra.

Menos sindicalismo y más privatizaciones
Los padres del neoliberalismo no lo concibieron como chanchullo de unos pocos, pero se convirtió rápidamente en eso. El crecimiento económico de la era neoliberal (desde 1980 en GB y EEUU) es notablemente más bajo que el de las décadas anteriores; salvo en lo tocante a los más ricos. Las desigualdades de riqueza e ingresos, que se habían reducido a lo largo de 60 años, se dispararon gracias a la demolición del sindicalismo, las reducciones de impuestos, el aumento de los precios de vivienda y alquiler, las privatizaciones y las desregularizaciones.
La privatización total o parcial de los servicios públicos de energía, agua, trenes, salud, educación, carreteras y prisiones permitió que las grandes empresas establecieran peajes en recursos básicos y cobraran rentas por su uso a los ciudadanos o a los Gobiernos. El término renta también se refiere a los ingresos que no son fruto del trabajo. Cuando alguien paga un precio exagerado por un billete de tren, sólo una parte de dicho precio se destina a compensar a los operadores por el dinero gastado en combustible, salarios y materiales, entre otras partidas; el resto es la constatación de que las corporaciones tienen a los ciudadanos contra la pared.
Los dueños y directivos de los servicios públicos privatizados o semiprivatizados de Gran Bretaña ganan fortunas gigantescas mediante el procedimiento de invertir poco y cobrar mucho. En Rusia y la India, los oligarcas adquieren bienes estatales en liquidaciones por incendios. En México, Carlos Slim obtuvo el control de casi toda la red de telefonía fija y móvil y se convirtió en el hombre más rico del mundo.

Carlos Slim se convirtió en el hombre más rico del mundo tras hacerse con el control de casi toda la red de telefonía de México. EFE

Andrew Sayer afirma en Why We Can't Afford the Rich que la financiarización ha tenido consecuencias parecidas: "Como sucede con la renta, los intereses son (...) un ingreso acumulativo que no exige de esfuerzo alguno". Cuanto más se empobrecen los pobres y más se enriquecen los ricos, más control tienen los segundos sobre otro bien crucial: el dinero. Los intereses son, sobre todo, una transferencia de dinero de los pobres a los ricos. Los precios de las propiedades y la negativa de los Estados a ofrecer financiación condenan a la gente a cargarse de deudas (piensen en lo que pasó en Gran Bretaña cuando se cambiaron las becas escolares por créditos escolares), y los bancos y sus ejecutivos hacen el agosto.
Sayer sostiene que las cuatro últimas décadas se han caracterizado por una transferencia de riqueza que no es sólo de pobres a ricos, sino también de unos ricos a otros: de los que ganan dinero produciendo bienes o servicios a los que ganan dinero controlando los activos existentes y recogiendo beneficios de renta, intereses o capital. Los ingresos fruto del trabajo se han visto sustituidos por ingresos que no dependen de este.
El hundimiento de los mercados ha puesto al neoliberalismo en una situación difícil. Por si no fuera suficiente con los bancos demasiado grandes para dejarlos caer, las corporaciones se ven ahora en la tesitura de ofrecer servicios públicos. Como observó Tony Judt en Ill Fares the Land, Hayek olvidó que no se puede permitir que los servicios nacionales de carácter esencial se hundan, lo cual implica que la competencia queda anulada. Las empresas se llevan los beneficios y el Estado corre con los gastos.
A mayor fracaso de una ideología, mayor extremismo en su aplicación. Los Gobiernos utilizan las crisis neoliberales como excusa y oportunidad para reducir impuestos, privatizar los servicios públicos que aún no se habían privatizado, abrir agujeros en la red de protección social, desregularizar a las corporaciones y volver a regular a los ciudadanos. El Estado que se odia a sí mismo se dedica a hundir sus dientes en todos los órganos del sector público.

De la crisis económica a la crisis política
Es posible que la consecuencia más peligrosa del neoliberalismo no sea la crisis económica que ha causado, sino la crisis política. A medida que se reduce el poder del Estado, también se reduce nuestra capacidad para cambiar las cosas mediante el voto. Según la teoría neoliberal, la gente ejerce su libertad a través del gasto; pero algunos pueden gastar más que otros y, en la gran democracia de consumidores o accionistas, los votos no se distribuyen de forma equitativa. El resultado es una pérdida de poder de las clases baja y media. Y, como los partidos de la derecha y de la antigua izquierda adoptan políticas neoliberales parecidas, la pérdida de poder se transforma en pérdida de derechos. Cada vez hay más gente que se ve expulsada de la política.
Chris Hedges puntualiza que "los movimientos fascistas no encontraron su base en las personas políticamente activas, sino en las inactivas; en los 'perdedores' que tenían la sensación, frecuentemente correcta, de que carecían de voz y espacio en el sistema político". Cuando la política deja de dirigirse a los ciudadanos, hay gente que la cambia por consignas, símbolos y sentimientos. Por poner un ejemplo, los admiradores de Trump parecen creer que los hechos y los argumentos son irrelevantes.
Judt explicó que, si la tupida malla de interacciones entre el Estado y los ciudadanos queda reducida a poco más que autoridad y obediencia, sólo quedará una fuerza que nos una: el poder del propio Estado. Normalmente, el totalitarismo que temía Hayek surge cuando los gobiernos pierden la autoridad ética derivada de la prestación de servicios públicos y se limitan a "engatusar, amenazar y, finalmente, a coaccionar a la gente para que obedezca".

Los admiradores de Trump parecen creer que los hechos y los argumentos son irrelevantes. EFE

El neoliberalismo es un dios que fracasó, como el socialismo real; pero, a diferencia de este, su doctrina se ha convertido en un zombie que sigue adelante, tambaleándose. Y uno de los motivos es su anonimato. O, más exactamente, un racimo de anonimatos.
La doctrina invisible de la mano invisible tiene promotores invisibles. Poco a poco, lentamente, hemos empezado a descubrir los nombres de algunos. Supimos que el Institute of Economic Affairs, que se manifestó rotundamente en los medios contra el aumento de las regulaciones de la industria del tabaco, recibía fondos de British American Tobacco desde 1963. Supimos que Charles y David Koch, dos de los hombres más ricos del mundo, fundaron el instituto del que surgió el Tea Party. Supimos lo que dijo Charles Kock al crear uno de sus laboratorios de ideas: "para evitar críticas indeseables, debemos abstenernos de hacer demasiada publicidad del funcionamiento y sistema directivo de nuestra organización".
Las palabras que usa el neoliberalismo tienden más a ocultar que a esclarecer. "El mercado" suena a sistema natural que se nos impone de forma igualitaria, como la gravedad o la presión atmosférica, pero está cargado de relaciones de poder. "Lo que el mercado quiere" suele ser lo que las corporaciones y sus dueños quieren. La palabra inversión significa dos cosas muy diferentes, como observa Sayer: una es la financiación de actividades productivas y socialmente útiles; otra, la compra de servicios existentes para exprimirlos y obtener rentas, intereses, dividendos y plusvalías. Usar la misma palabra para dos actividades tan distintas sirve para "camuflar las fuentes de riqueza" y empujarnos a confundir su extracción con su creación.

Franquicias, paraísos fiscales y desgravaciones
Hace un siglo, los ricos que habían heredado sus fortunas despreciaban a los nouveau riche; hasta el punto de que los empresarios buscaban aceptación social mediante el procedimiento de hacerse pasar por rentistas. En la actualidad, la relación se ha invertido: los rentistas y herederos se hacen pasar por emprendedores y afirman que sus riquezas son fruto del trabajo.
El anonimato y las confusiones del neoliberalismo se mezclan con la ausencia de nombre y la deslocalización del capitalismo moderno: Modelos de franquicias que aseguran que los trabajadores no sepan para quién trabajan; empresas registradas en redes de paraísos fiscales tan complejas y secretas que ni la policía puede encontrar a sus propietarios; sistemas de desgravación fiscal que confunden a los propios Gobiernos y productos financieros que no entiende nadie.
El neoliberalismo guarda celosamente su anonimato. Los seguidores de Hayek, Mises y Friedman tienden a rechazar el término con el argumento, no exento de razón, de que en la actualidad sólo se usa de forma peyorativa. Algunos se describen como liberales clásicos o incluso libertarios, pero son descripciones tan engañosas como curiosamente modestas, porque implican que no hay nada innovador en Camino de servidumbre, La burocracia o Capitalismo y libertad, el clásico de Friedman.
Cuando las políticas económicas de laissez-faire llevaron a la catástrofe de 1929, Keynes desarrolló una teoría económica completa para sustituirlas. En el año 2008, cuando el neoliberalismo fracasó, no había nada.
A pesar de todo, el proyecto neoliberal tuvo algo admirable; al menos, en su primera época: fue un conjunto de ideas novedosas promovido por una red coherente de pensadores y activistas con una estrategia clara. Fue paciente y persistente. El Camino de servidumbre se convirtió en camino al poder.
El triunfo del neoliberalismo también es un reflejo del fracaso de la izquierda. Cuando las políticas económicas de laissez-faire llevaron a la catástrofe de 1929, Keynes desarrolló una teoría económica completa para sustituirlas. Cuando el keynesianismo encalló en la década de 1970, ya había una alternativa preparada. Pero, en el año 2008, cuando el neoliberalismo fracasó, no había nada. Ese es el motivo de que el zombie siga adelante. La izquierda no ha producido ningún marco económico nuevo de carácter general desde hace ochenta años.
Toda apelación a lord Keynes es un reconocimiento implícito de fracaso. Proponer soluciones keynesianas para crisis del siglo XXI es hacer caso omiso de tres problemas obvios: que movilizar a la gente con ideas viejas es muy difícil; que los defectos que salieron a la luz en la década de 1970 no han desaparecido y, sobre todo, que no tienen nada que decir sobre el peor de nuestros aprietos, la crisis ecológica. El keynesianismo funciona estimulando el consumo y promoviendo el crecimiento económico, pero el consumo y el crecimiento económico son los motores de la destrucción ambiental.
La historia del keynesianismo y el neoliberalismo demuestra que no basta con oponerse a un sistema roto. Hay que proponer una alternativa congruente. Los laboristas, los demócratas y el conjunto de la izquierda se deberían concentrar en el desarrollo de un programa económico Apollo; un intento consciente de diseñar un sistema nuevo, a medida de las exigencias del siglo XXI.
Traducción de Jesús Gómez


 Tomado de:
http://www.eldiario.es/theguardian/Neoliberalismo-raiz-ideologica-problemas_0_511299215.html

jueves, 23 de junio de 2016

EL COACHING EN LAS EMPRESAS, UNA FORMA MÁS DE TIRANÍA CONTRA EL EMPLEADO

Por: Iván Solarte Sarasti.

Para ser un asunto en el que algunas empresas destinan tanto dinero propio y tiempo de sus trabajadores, el coaching sigue siendo un fenómeno poco delimitado, en cuanto a qué es, cómo opera y qué resultados concretos esperar y exigir. El coaching aplicado a las empresas, sobretodo el ontológico, a pesar de ser un fenómeno de moda, puede encerrar una peligrosa relación de poder entre empleados y empleadores, ya que, bajo una apariencia inocente, puede obligar a modificar dimensiones personales y privadas de los empleados, que nada tienen que ver con asuntos laborares.

El término en Español más cercano sería “entrenamiento personal”, pero es casi completamente reemplazado en su uso por el anglicismo “coaching”. Es definido por el diccionario Oxford como “tutelar, advertir, dar indicaciones”.

Las definiciones de coaching, aplicado al ámbito empresarial, usualmente son dadas por las empresas y personas que se benefician de impartirlo o enseñarlo, por lo que es común encontrar en ellas un elemento ideal de solución perfecta, por ejemplo: “es un proceso en que un asesor especializado aconsejará, guiará, estimulará a su entrenado, más allá de sus limitaciones, para que realice su pleno potencial, para evolucionar y ser lo mejor posible” (Miedaner, 2002).

El origen del coaching actual puede rastrearse en el deporte, en que un entrenador o coach, que es normalmente más viejo, sabio y preparado que sus jóvenes atletas, los dirige e instruye. Específicamente cuando Timothy Gallowey, escribe dos libros “Inner Skiing” e “Inner Tennis”, basado en sus experiencias con practicantes de esquí y tenis de campo en Harvard. El término Inner es por el “rival interno” refiriéndose a los propios obstáculos mentales que cada deportista se pone a sí mismo (Wittmor, 2003).

En el caso del coach trabajando para la empresa, se asume que es un experto en su campo y que les enseñará a sus dirigidos, los empleados, habilidades necesarias para que la empresa logre sus objetivos.

Las semejanzas llegan hasta allí: el entrenador deportivo es un personaje bien reconocido por los entrenados y participa de sus conquistas y fracasos; el coach empresarial en muchas ocasiones es una persona al que los empleados desconocen personalmente y que solo se relaciona esporádicamente, ya que en cuanto termina el seminario o capacitación, también finaliza su relación con la empresa contratante.

A pesar de cierta ambigüedad en sus límites, hay un cierto consenso en siete clases de coaching, seis de ellos destinados a ser aplicado en empresas y trabajo:

Coaching Personal;
Coaching empresarial;
Coaching Organizacional;
Coaching Ejecutivo;
Coaching para el Liderazgo;
Coaching Ontológico;
Coaching Integral.

De todos, el que suena más raro es el denominado “Coaching Ontológico”. Una definición lo cataloga como “un proceso orientado a la optimización del lenguaje, los procesos y las herramientas lingüísticas. Su fin es la modificación y mejora en la manera en que los individuos se expresan. Se basa en el lenguaje y las emociones para provocar el cambio”. Su justificación es la importancia de la conversación en el éxito en los procesos comerciales de compra y venta.

Desde algunos ámbitos de la investigación organizacional se ha criticado mucho al coaching, pero es sobre el ontológico que han recaído la mayor cantidad de críticas, dado su carácter invasivo de la interioridad del empleado.

Una razón de que resulte invasivo es porque en los seminarios, charlas, cursos o la forma como se imparta el coaching, el objetivo final de esta capacitación es transformar la ontología del participante, es decir su esencia íntima y esencial de su ser. Cabe decir que el empleado asiste obligado o bajo alguna coerción que obliga su asistencia. En ellos se busca su conversión en un ideal de individuo, que es resumido bajo cualquier título significativo, por ejemplo: “persona de calidad”. Pero la definición de ese ideal se hace desde una posición de poder: lo elaboran entre el jefe que pagó por los servicios del coach y desde la cómoda posición del coach, que responde a los intereses de quien lo contrató (López Gallego, 2008).

Según Francisco López Gallego, el coaching en general maneja superficialmente conceptos de las ciencias naturales, psicología y filosofía, los mezcla sin mucho sentido y los ajusta a su acomodo. Además, advierte que los seminarios de coaching ontológico son una herramienta más del control de las personas en la moderna “gerencia humanística”, mediante el control de dimensiones individuales, como son las costumbres, valores y su modo de vida, en horarios y entornos fuera del mundo laboral.

Los empleados están en continuo riesgo de caer bajo un control excesivo de su empresa, aparte de los explícitos y aceptados en el momento del contrato, otros controles pueden ser sutiles y ocultos, como algunos investigadores consideran se dan mediante los seminarios de coaching, en especial el ontológico. Este es un riesgo que debe conocerse y brindar al trabajador el derecho a cuestionar la utilidad y la metodología del coaching.

Bibliografía:

López Gallego, Francisco. El coaching ontológico: una arremetida de gestión totalitaria. Colección nuevo pensamiento administrativo, Universidad del Valle, 2008.

Wittmor, John. Coaching, el método para mejorar el rendimiento de las personas. Editorial Paidós, 2003.

Miedaner, Talane. Coaching para el éxito. Editorial Urano. Barcelona, 2002.

O´Connor, Joseph. Lajes, Andrea. Coaching con PNL. Editorial Urano. Barcelona, 2005

www.psicologiaymente.net

martes, 21 de junio de 2016




No pienso luego no existo 

Javier Martínez Aldanondo
Gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria
jmartinez@catenaria.cl y javier.martinez@knoco.com Twitter: @javitomar
 

“En una escala del 1 al 10, el conocimiento que tenemos del cerebro es un 3. Me daría por contento si consiguiésemos entender qué es un pensamiento” Rafael Yuste, neurobiólogo e ideólogo del proyecto BRAIN.

Durante las pasadas navidades, recibí un mail titulado: “¿Qué separa a los millonarios del resto de nosotros?” Al abrirlo, aparecieron más preguntas. “¿Cuál es la principal razón de su riqueza, nacieron ricos? Algunos. ¿Tuvieron suerte? Unos pocos. ¿Estudiaron más que el resto en el colegio? La verdad que no. ¿Entonces cuál es la diferencia entre ellos y tú? Su cerebro, la forma en que piensan…”. Ya que ser millonario nunca ha sido mi objetivo, lo que me interesó fue la última palabra. ¿Existirá una forma de pensar exclusiva de los millonarios? Y si es así ¿En qué consiste? ¿Dónde y cómo la aprenden? Enseguida, derivé hacia preguntas más básicas ¿Qué es pensar y cómo pensamos? Como cada vez que no sé acerca de algo, pregunté a varios amigos, repartidos en varios países, quienes me compartieron sus sesudas definiciones. La conclusión es drástica: Somos capaces de explicar qué es pensar pero no sabemos cómo pensamos. Claro, tenemos opiniones sobre decenas de cosas. Ocasionalmente, dedicamos tiempo a reflexionar respecto de nuestras experiencias (Simeone, entrenador del Atlético de Madrid ha causado conmoción al pedir tiempo para pensar después de perder por segunda vez la final de la Champions). Pero según los científicos, todavía no sabemos cómo ocurre el mágico proceso de pensar.

Ya en abril abordamos la importancia del conocimiento, generado a partir de la práctica repetida, para tomar decisiones de forma automática. Jamás debemos olvidar que las peores atrocidades de la humanidad se cometieron al actuar sin pensar. Este mes toca reivindicar la otra cara de la moneda: el poder de la reflexión. Cuando era pequeño, compartía habitación con mis 2 hermanos. El menor, Iñaki (hoy psicólogo clínico especialista en drogodependencia), tenía la costumbre de tumbarse en la cama y quedarse un buen tiempo mirando el techo. Recuerdo que mi madre le preguntaba, “Iñaki, ¿qué haces?” Y su respuesta siempre era la misma: “Estoy pensando”. El ejercicio de pensar es silencioso, no tiene una manifestación física visible lo que le perjudica comparado con otras actividades más rutilantes. Pensar, aparentemente, no hace sudar. Eso nos lleva a creer que pensar, al igual que respirar, es algo instintivo y no hace falta aprenderlo. Hemos llegado, incluso, al punto de considerarlo una pérdida de tiempo. “No les pago por pensar” es una vejatoria frase que he escuchado a algunos ejecutivos para referirse a sus colaboradores. Hay 2 grandes razones por las que evitamos pensar: La primera, porque pensar requiere un esfuerzo tremendo. Nuestro cerebro (que supone el 2% de la masa corporal pero consume más del 20% de la energía) prioriza siempre el ahorro de recursos. Todos los meses, antes de escribir esta simple columna y aunque no lo parezca, dedico bastante tiempo a determinar el tema, el enfoque, el desarrollo y la forma de hacer llegar el mensaje. Aunque disfruto del proceso, me doy cuenta de que, en ocasiones, busco excusas para posponerlo porque me requiere un trabajo enorme. La segunda razón es porque, maquiavélicamente, es mucho más fácil manipular a las personas cuando no piensan…

He escrito varias veces acerca de la reflexión como el primer hábito para gestionar el conocimiento. Existe consenso, al menos en el discurso, respecto de que aprender a pensar es la habilidad más importante para el ser humano ya que constituye el fundamento sobre el que construir el resto de capacidades. Vamos a abordar el acto de pensar desde 2 dimensiones: organizacional y educativa.

LA DIMENSIÓN ORGANIZACIONAL: “Si tengo 8 horas para cortar un árbol dedicaré 6 a afilar el hacha” (Abraham Lincoln). El responsable de RRHH de una multinacional me confesaba recientemente “¿Cuándo piensan los directivos? No tienen tiempo, siempre están ejecutando”. En una situación económica tan estresante como la que padecemos desde hace casi 1 década, las organizaciones viven sometidas a la tiranía de los resultados. Ante la urgencia de cumplir con los objetivos fijados por sus accionistas, las expectativas de los mercados y los ciudadanos y la obligación de derrotar a sus competidores, las empresas están obsesionadas por la ejecución al punto que han arrinconado el proceso de pensar. 2016 es el año de la productividad en Chile y es imposible negar la importancia de optimizar el rendimiento y la eficiencia. Pero no olvidemos que los países más desarrollados del mundo son países intensivos en el uso y producción de conocimiento, naciones que dedican mucho tiempo a pensar y con las jornadas laborales más cortas. La principal responsabilidad de un líder es pensar, de lo contrario, se convierte en un actor muy peligroso.  Distingamos 2 tipos de pensamiento: sobre el pasado y sobre el futuro.

1. Pensar sobre el Pasado: Tras un partido de playoffs de la NBA que finalizó con un marcador muy abultado, un presentador de TV preguntó a uno de los analistas si el entrenador del equipo derrotado y su equipo de ayudantes revisarían las imágenes del partido u optarían por pasar página para preparar el siguiente duelo. Sorprendido, el analista (un famoso ex jugador) confirmó que lo primero que haría, esa misma noche, el cuerpo técnico es revisar el video del partido y tomar notas para, en la mañana siguiente, examinar con los jugadores todos los detalles. Pero además, especificó en qué consistiría dicho ejercicio: “El entrenador recordará cuál era el plan (esto es lo que dijimos que haríamos antes del partido), expondrá qué fue lo que realmente pasó y se discutirá por qué no cumplieron con el plan y qué necesitarán hacer para el próximo partido”.  Moraleja: si no pensamos es imposible mejorar. ¿Qué hace falta para pensar? Algo de tiempo, un objetivo claro, voluntad, concentración y un poco de método. Mentimos si afirmamos que para pensar se necesitan recursos o herramientas complejas. Lo primordial es considerar que pensar es la forma más inteligente de trabajar. Pero lo más extraordinario es que, una vez que piensas sobre algo, lo haces consciente, lo que te permite hacerte cargo y tomar decisiones al respecto. Javier Marías inicia su libro Corazón tan blanco narrando la situación donde una persona escucha una conversación que preferiría no haber escuchado pero que ya no puede borrar de su memoria. La mejor estrategia para ser consciente es siempre hacerte preguntas. Casemiro, el titular menos conocido del Real Madrid, confesó en una entrevista que ve sus partidos grabados y siempre pregunta al entrenador cómo ha estado, en qué ha fallado, en qué ha estado bien y qué más podría haber hecho. Cada vez que pierdes la oportunidad de reflexionar, te arriesgas a repetir los mismos errores. Para reflexionar críticamente sobre lo sucedido, tenemos que asegurarnos de revisar qué objetivos teníamos y comprobar si los alcanzamos. En caso de que así fuera, hay que indagar acerca de por qué y cómo repetirlo en el futuro y en caso de no haberlo logrado, cuestionarse por qué no y qué deberíamos cambiar. Es curioso que, muchos de los mejores ejemplos de reflexión consciente provengan de un ámbito como el deporte, directamente asociado a la acción.

Pensar sobre el Futuro: La semana pasada realizamos un taller Lego con una serie de especialistas en las áreas de supply chain y logística. Les pedimos construir los principales desafíos que enfrentarán sus áreas en los próximos años. El ejercicio, inicialmente, les resultó una tortura porque si pensar sobre el pasado es poco común, reflexionar sobre el futuro es aún menos frecuente. Cada vez que hacemos un diagnóstico sobre el estado de la gestión del conocimiento en una empresa, preguntamos qué instancias para reflexionar existen en la organización. Las respuestas son desoladoras. Es muy difícil crear el futuro que deseas si antes no lo sueñas. Todos queremos generar ideas, imaginar posibilidades, innovar, buscar soluciones a problemas, etc. ¿Pero cómo se hace? ¿Cómo se me ocurren las ideas? Existen metodologías para desarrollar la creatividad, el pensamiento crítico, divergente o lateral pero se trata de procesos muy incipientes. El único ejercicio que se realiza con una cierta regularidad es la planificación estratégica. Día tras día comprobamos que las organizaciones evitan pensar y concentran toda su energía en la ejecución.

LA DIMENSIÓN EDUCATIVA: Si pensar es importante, entonces lo que se espera del proceso educativo es que te enseñe a pensar. Claramente, no está cumpliendo el objetivo. Por una parte, es lógico que fracase en el intento. Si no sabemos cómo pensamos, difícilmente podemos enseñarlo. Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que la intención del sistema educativo es justamente que no aprendas a pensar… Andrés Bello, uno de los humanistas más reputados de Latinoamérica escribió esta frase, nada inocente, en 1836: “El círculo de conocimientos que se adquiere en estas escuelas erigidas para las clases menesterosas, no debe tener más extensión que la que exigen las necesidades de ellas: lo demás no sólo sería inútil, sino hasta perjudicial, porque, además de no proporcionarse ideas que fuesen de un provecho conocido en el curso de la vida, se alejaría a la juventud demasiado de los trabajos productivos”. Desde entonces, el mundo continúa dividido entre una elite minoritaria que piensa y manda, y una mayoría que ejecuta. El curriculum actual apenas ha sufrido modificaciones importantes. Se enseña lo que no hace falta (que además se olvida) y no enseñamos las habilidades esenciales. Tanto el colegio como la universidad basan su modelo en memorizar contenidos y repetirlos en un examen. Muchos alumnos que aprueban no conocen qué diferencia hay entre saber y no saber, creen que aprenden cuando son capaces de repetir algo de memoria aunque no lo entiendan. A lo único que aprenden es a tomar apuntes, estudiar y a memorizar y terminan convencidos de que eso es lo que se espera de ellos. Yo saqué buenas notas en el colegio y la universidad aunque nunca comprendí muchas de las cosas que tuve que estudiar. La educación no promueve el pensamiento propio, no fomenta la libertad ni alienta la experimentación sino que te obliga a repetir las ideas de otros sin opción de disentir. Cuando alguien hace una pregunta, significa que está pensando. ¿Por qué? es posiblemente la pregunta más poderosa. Sin embargo, la educación consiste en enseñarte a responder preguntas que tú no te haces y por tanto, que no te importan. La falacia de que las matemáticas enseñan a razonar no tiene ningún sustento. La asignatura de filosofía, siendo apasionante, es en realidad una revisión de la vida de los grandes filósofos. ¿Qué mérito tiene repetir lo que te dicen? Ni siquiera es “tuyo”, muchas veces no lo entiendes, no te importa, se te olvida, está en internet… ¿Dónde quedan tus intereses, tus propias opiniones, tus sueños? La educación sigue siendo un proceso de adoctrinamiento que busca volverte dócil. Un niño que saca buenas notas demuestra que sabe obedecer y memorizar (o copiar) lo que le ordenaron y se encamina hacia un adulto sumiso. Demuestra disciplina pero no es más inteligente que un niño con malas calificaciones. La inteligencia consiste en saber pensar. Que hayas estudiado no significa que sepas pensar. Que apruebes no quiere decir que sepas. Pensar exige mucho más esfuerzo que memorizar. Mantener un sistema educativo diseñado en el siglo XIX para una sociedad que debe afrontar desafíos sofisticados es aberrante. No podemos seguir enseñando lo mismo y de la misma manera. Los analistas internacionales están alertando que nuestros hijos van a competir con máquinas. No necesitamos introducirles más información en el cerebro sino asegurarnos de que aprenden a pensar y tomar las decisiones adecuadas. Las máquinas son buenas para hacer lo que se les manda mientras nosotros somos buenos para hacer lo que nos gusta. Los jóvenes deben finalizar el proceso educativo con capacidad de enjuiciar en lugar de toneladas de asignaturas…
Aunque soy bien pensado por naturaleza, me temo que este despropósito no es casualidad. Para que quienes detentan el poder conserven sus privilegios y se aseguren una vida sin sobresaltos, se necesita una mayoría que no cuestiona el status quo sino que se conforma con mantener su lugar en la sociedad. Nunca ha existido interés en que la educación desarrolle en los jóvenes la capacidad de criticar y cuestionar la realidad para transformarla. Sería demasiado arriesgado. Los regímenes totalitarios y las religiones siempre persiguieron con ahínco a quienes pensaban y se comportaban contradiciendo sus dogmas. Los regímenes democráticos son bastante más sutiles. El recientemente fallecido Muhammad Ali, a pesar de su precario nivel educativo, fue capaz de desafiar al establishment de la época blandiendo su propio pensamiento genuino en temas tan comprometidos como la integración racial o la insumisión a la guerra de Vietnam.

CONCLUSIONES: “No evites pensar por estar muy ocupado” (anónimo). La cruda realidad es que pensamos poco y, en general, pensamos mal. Necesitamos instancias formales y sagradas para pensar, igual que las tenemos para comer o dormir. Conozco un directivo que, armado con lápiz y cuaderno, dedica cada viernes de 8h a 11h a reflexionar. Nos hace falta también entender mejor cómo ocurre el proceso de pensar. Si los beneficios de la reflexión son tan evidentes y lo que se requiere está al alcance de la mano, ¿por qué no pensamos regularmente? La explicación es biológica. Pensar es agotador, exige un gran esfuerzo sin garantía de éxito. Nuestro cerebro fue diseñado originalmente para ayudarnos a sobrevivir y para reaccionar de forma automática ante los estímulos (huir o luchar) en una época en que tomarse tiempo para pensar podía significar la muerte. Por eso, dado que a nuestro cerebro no le agrada gastar energía sino la búsqueda de placer, no es de extrañar que siempre que puede, evite desperdiciarla pensando. En cierto modo, nos sentimos cómodos siguiendo instrucciones. Si no me hago preguntas, no me tengo que hacer cargo de las respuestas…
Las organizaciones no aprenden porque están demasiado ensimismadas en actuar rápido para tener éxito, perdiendo la inmejorable oportunidad de reflexionar sobre sus acciones y aprender de su experiencia. Pensar es una de las operaciones básicas que nos hace humanos. Todos llevamos una máquina para pensar, de similar potencia, encima de los hombros. Todo depende del uso que hagamos de ella. Descartes escribió hace 400 años “pienso luego existo”. En las sociedades crecientemente desiguales que estamos construyendo, cada vez más personas dejan de existir porque no saben o no pueden pensar. La única manera de que una persona pobre o ignorante no tenga hijos pobres o ignorantes consiste en que aprendan a pensar para tomar sus propias decisiones. Pero claro, no puedes aprender sin pensar.

miércoles, 13 de enero de 2016

Hijo de tigre sale nombrado

Juan Manuel Santos llegó a la Presidencia como uno más en la lista de mandatarios que heredaron el poder político de padres, tíos o abuelos. Y desde su posesión, Santos ha nombrado en su gobierno a funcionarios que, más allá de sus propias calidades profesionales, académicas y personales, también son herederos de una élite política. Álex Char es el más reciente nombramiento de esta larga lista.

 LOS VICEMINISTROS María Carolina Hoyos Turbay: Viceministra de Tecnologías de la Información y de las Comunicaciones Es la nieta del ex presidente liberal Julio César Turbay Ayala, y sobrina de Julio César Turbay Quintero, quien fue Contralor General en 2006. Su madre fue la periodista Diana Turbay. David Luna : Viceministro de Trabajo. Su padre es es el político liberal David Luna Bisbal, que se desempeñó como secretario de Gobierno de Cundinamarca y luego de Bogotá durante la alcaldía de Jaime Castro. Aurelio Iragorri Valencia: Viceministro del Interior Aurelio Iragorri Hormaza, su padre, fue senador liberal y uno de los políticos más poderosos del Cauca. Sus abuelos son el ex presidente Guillermo León Valencia y Benjamín Iragorri, ex magistrado de la Corte Suprema. Carlos De Hart: Viceministro de Desarrollo. Es hijo de la ex ministra de Comunicaciones del gobierno de Uribe, Martha Pinto de De Hart, quien también fue candidata a la Alcaldía de Bucaramanga en 2011 por La U y ahora es asesora externa del gobernador Richard Aguilar. Su papá, César de Hart, fue gerente del gremio de los agricultores y es uno de los grandes empresarios de la palma y miembro de la junta directiva de Fedepalma. Luis Felipe Henao: Viceministro de ViviendaSu padre es el ex magistrado del Consejo Superior de la Judicatura, Rubén Darío Henao Orozco, quien también fue secretario de la Comisión Tercera del Senado.

LOS CONSEJEROS Alejandro Char: Alto Consejero para las Regiones y la Participación Ciudadana. Char es el hijo del senador por Cambio Radical Fuad Char, uno de los mayores caciques políticos y empresarios de la Costa Caribe, dueño de la cadena Olímpica y del equipo de fútbol Atlético Junior. Francisco José Lloreda. Alto Consejero para la Convivencia y Seguridad Ciudadana Su padre es Rodrigo Lloreda Caicedo, quien fue uno de los miembros más poderosos del Partido Conservador en el Valle. Lloreda Caicedo ocupó varios ministerios y cargos diplomáticos, integró la Asamblea Constituyente y fue candidato presidencial en 1990. También fue dueño del diario El País de Cali. Cristina Plazas Michelsen: Alta Consejera para la Equidad de la Mujer. Es hija del político liberal Édgar Plazas Herrera, viceministro de Comunicaciones y ex presidente de la Comisión Nacional de Televisión, y nieta de Jaime Michelsen Uribe, cabeza del Grupo Grancolombiano. Sergio Jaramillo Caro: Alto Consejero para la Seguridad. Por vía materna es tataranieto del ex presidente Miguel Antonio Caro. Viceministro de Santos en el Ministerio de Defensa, es reconocida su militancia izquierdista y antimilitarista. Santos insiste en mantenerlo en el gobierno como Director de la Agencia de Seguridad Nacional, a pesar de haber puesto en la picota internacional a miembros de la fuerza pública. Carlos Fernando Galán: Secretario Anticorrupción. Galán es hijo del ex candidato liberal a la presidencia asesinado en 1989, Luis Carlos Galán, quien también se desempeñó como concejal, ministro y embajador. Juan Mesa Zuleta: Secretario General de la Presidencia. Es nieto de Eduardo Zuleta Ángel, que fue ministro de Gobierno y de Guerra durante el gobierno de Mariano Ospina y canciller del ex presidente Alfonso López Pumarejo. Repite en la adminsitración de la casa presidencial. Está casado con una hija del periodista y locutor Hernán Peláez.
 
LOS DIPLOMÁTICOS Clemencia Forero Ucrós Embajadora en Canadá Es la hija del ex congresista liberal Abelardo Forero Benavides. Fue Viceministra de Relaciones. Rodrigo Rivera: Embajador en la Unión Europea. Hijo de Rodrigo Rivera Correa, ex magistrado del Tribunal Superior de Pereira y fundador de la Universidad Libre de Pereira. Ángela Benedetti: Embajadora en Panamá. La ex concejala es hija de Armando Benedetti Jimeno, ministro de Comunicaciones durante el gobierno de Ernesto Samper. Estuvo relacionada con el famoso desayuno de los Nule en Bogotá pero no fue indiciada por la Fiscalía. Hernando Herrera: Embajador en Costa Rica El ex senador, ex presidente de la Corte Constitucional y miembro de la Asamblea Nacional Constituyente es hijo de Blas Herrera Anzoátegui, ex ministro de Estado, ex ministro de Trabajo en 1946 durante el gobierno de Mariano Ospina y ex gobernador de Bolívar en 1958. Patricia Cárdenas: Embajadora en Japón. La exConcejal de Bogotá a finales de los 90s y ex directora de Asobancaria, es hermana del ministro de Minas, Mauricio Cárdenas, y también hija de Jorge Cárdenas Gutiérrez, vinculado por mucho tiempo con el gremio cafetero en el que estuvo Santos. Gustavo Adolfo Carvajal: Embajador en París. Es hijo de Adolfo Carvajal Quelquejeu, cabeza del poderoso Grupo Carvajal, miembro de la Comisión de Paz del gobierno de Belisario Betancur y embajador en Francia del gobierno Pastrana. María Elvira Pombo Holguín. Embajadora en Brasil. Esta diplomática, que es hermana del director de El Tiempo, Roberto Pombo, quien a su vez está casado con Juanita Santos. Es familiar de la actual Canciller maría Angela Holguín, buena amiga de Chávez Frías. Diego Betancourt: Embajador en Australia. Betancur, que fue nombrado en esta embajada por Álvaro Uribe y ratificado en el cargo por Santos, es el hijo del ex presidente conservador Belisario Betancur. Su pasado en el MOIR se borró con la diplomacia. Claudia Turbay Quintero: Embajadora en Suiza. Su padre es el ex presidente Julio César Turbay Ayala, y también es hermana del ex contralor Julio César Turbay Quintero. Alfonso Gómez Lugo: Cónsul en Buenos Aires. Es el hijo del ex fiscal general Alfonso Gómez Méndez, también precandidato liberal a la Presidencia. Luis Fernando Jaramillo Corredor: Cónsul en París Es hijo de Luis Fernando Jaramillo Correa, quien fue presidente del Grupo Odinsa y ocupó varios ministerios en los gobiernos de Virgilio Barco y César Gaviria.
 
LOS DIRECTORES DE ENTIDADES DEL ESTADO José Miguel de la Calle. Superintendente de Industria y Comercio Es hijo del ex vicepresidente de Ernesto Samper, Humberto de la Calle Lombana, quien entre otros cargos también fue ministro de César Gaviria. Luis Guillermo Vélez Cabrera: Superintendente de Sociedades. Su padre fue el cacique político antioqueño Luis Guillermo Vélez, senador desde 1991 hasta 2007, primero por el Partido Liberal y luego por La U, en cuya fundación participó. También se desempeñó como embajador y fue gerente del Idema. Este delfín fue Viceministro de Defensa en 1994-95, su primer cargo público, a los 27 años de edad, nombramiento que le hizo Fernando Botero pagando favores al senador Vélez. Su noviciado en materia política y administrativa no tardó en quedar a la vista de todos en el gabinete Ministerial Miguel Samper Strouss: Director de Justicia Transicional Es hijo del ex presidente liberal Ernesto Samper. fue nombrado por Vargas Lleras en reciprocidad a los nombramientos que hizo Samper en su momento a los primos de Vargas Lleras María Claudia Lacouture: Presidenta de Proexport Lacouture es hija de Alfredo Lacouture Dangond, empresario y ex alcalde de Santa Marta fallecido en 2011 y dueño de empresas como Palomino S.A. y El Roble. Juan Ricardo Ortega: D irector de la Dian. Es hijo de Francisco Ortega Acosta, quien estuvo vinculado al Banco de la República por 30 años y fue uno de sus gerentes más recordados. Fue quien diseñó el modelo de banca central que quedó plasmado en la Constitución del 91. El actual Director de la DIAN llegó al cargo usando como trampolín la Secretaría de Hacienda del Distrito Capital. Luis Alfonso Hoyos: Director del Sena. Su padre fue el conservador Alfonso Hoyos Giraldo, influyente político de Caldas y seguidor de la línea alvarista. Fue miembro del Movimiento de Salvación Nacional de Gómez Hurtado y se desempeñó como congresista. Sandra Bessudo: Directora de la Agencia Presidencial de Cooperación Internacional. Bessudo, que en principio iba a ser Ministra de Medio Ambiente, es hija de Jean-Claude Bessudo, el influyente empresario dueño de Aviatur, la organización turística más grande del país. Paula Gaviria Betancourt: Directora de la Unidad Administrativa Especial para la Reparación Integral a Víctimas. Su abuelo es el ex presidente conservador Belisario Betancur. Orlando Cabrales Segovia: Director de la Agencia Nacional de HidrocarburosSu padre es Orlando Cabrales Martínez, quien también tiene una trayectoria en el sector energético y fue ministro de Estado y de Minas y Energía al final del gobierno de Ernesto Samper. Andrés Villamizar Pachón: Director de la Unidad de Protección del Ministerio del Interior Es hijo del liberal cucuteño Alberto Villamizar Cárdenas, ex representante a la Cámara y primer zar antisecuestro, y de Maruja Pachón, cuñada de Luis Carlos Galán. Esto sin contar con los otros Hijitos de Luis Carlos Galan S, el famoso Simon El Bobito, hijo del expresidente Gaviria, los hijos del Ministro Lara Bonilla, todos sentaditos en el Congreso de la Republica de Colombia.
 
TOMADO DEL SIGUIENTE ENALCE... y por supuesto no es para asombrarse, normal, muy normal en un país aun semifeudal...

http://lasillavacia.com/historia/hijo-de-tigre-sale-nombrado-33675

domingo, 20 de septiembre de 2015

Ni Venezuela está tan mal ni en Colombia estamos tan bien. Andrés Gil


Ni Venezuela está tan mal ni en Colombia estamos tan bien
Analisis de Andrés Gil sobre la crisis de la frontera
Por: Andrés Gil         | septiembre 13, 2015
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2Orillas.
Ni Venezuela está tan mal ni en Colombia estamos tan bien
“Aquí por lo menos no tenemos que hacer fila en el supermercado” o “allá no tienen ni papel higiénico” o “en Venezuela no hay justicia, derechos humanos, ni democracia” son frases repetidas todos los días por importantes periodistas, y luego por la gente común.

Lo curioso es que aquí hemos aprendido a ver a Venezuela como un país en la ruina, donde la gente se muere de hambre, donde un presidente loco y bruto toma las decisiones, algo así como el “vecino loco” de la cuadra mientras nosotros los “vecinos bien” lo miramos con fastidio.

¿Y si les digo que en muchos aspectos Venezuela está mejor que Colombia? antes de que suspendan esta lectura indignados, les pido que vean estas cifras:

Según la UNESCO en Venezuela el 83% de los jóvenes va a la universidad mientras que en Colombia sólo lo hace el 32%.

Venezuela, siendo un país con 29 millones de habitantes, tiene 43 universidades públicas, mientras nosotros con 47 millones de habitantes (18 millones más), tenemos 32. Mientras Colombia tiene 1.106.244 estudiantes cursando educación superior pública (incluso en el SENA), Venezuela tiene 1.673.963 estudiantes estudiando en universidades públicas.

¿Sabían que en Venezuela hay un hospital público por cada 136.000 habitantes y en Colombia hay un hospital por cada 178.000? pero sobre todo, ¿sabían que en Venezuela a los hospitales no los tienen quebrados las EPS?. La salud en Venezuela tampoco es la mejor pero les recuerdo que aquí los hospitales públicos como el Universitario del Valle tampoco tienen gasas, ni jeringas ni guantes. La deuda de las EPS con los hospitales de Colombia asciende a 5,2 billones de pesos.

Pero les aseguro que con este dato van a abrir los ojos y lo tomarán por ficción, pero es real, ¿sabían que según cifras de la FAO (no del Gobierno venezolano) en Venezuela hay menos mal nutridos, es decir gente que pasa hambre, que en Colombia? Así es, según este organismo internacional, en Venezuela el 5% de la población aún pasa hambre, mientras que en Colombia es el 15%. Refresco la memoria: La Guajira, Chocó y Vaupés tienen índices de NBI similares a los de Ruanda o el Congo; todos conocemos el drama de los niños Wayú que mueren de hambre, o los de Chocó que mueren por diarrea. Hasta donde he podido averiguar, eso no pasa en Venezuela.

¿Sorprendidos? ¿Aún no creen? Pues el programa mundial de lucha contra el hambre y la pobreza de la FAO se llama Hugo Cháves Frias.

Pero eso no es todo, el déficit de cobertura de agua potable en Venezuela es de 5,3 %, en Colombia es de 28 % (aquí aún hay municipios sin agua comenzando por Santa Marta, y ni hablemos de la ruralidad).

Y hay más, si hablamos del sistema pensional, en Colombia es un chiste, sólo el 20 % de la gente se pensiona, y la realidad es que la gente que cotiza no sabe si algún día se pensione. En Venezuela la gente que disfruta de una pensión es el 73 %.

Como si fuéramos un país nórdico decimos en tono despectivo, “Caracas es una de las ciudades más violentas del mundo” o “en Venezuela la delincuencia es brutal”, como si en Colombia no tuviéramos a cinco ciudades entre las 100 de las que mas homicidios reportan en el mundo, como si aquí no hubiera también una desesperante inseguridad.

El Gobierno Santos lleva años sacando pecho con las 100.000 casas gratis (de Cambio Radical), durante estos cinco años, ¿saben cuantas casas gratis ha entregado el Gobierno venezolano? 735.000, de las cuales 170.000 han sido entregadas a familias Colombianas que residen en ese país.

¿Sorprendidos? ¿escépticos? Los comprendo, en un país donde el presidente de al lado tiene una aceptación  del 5 %, es normal que se piense que Venezuela es la antesala del infierno… pero si así fuera, nosotros estamos un pasito adelante.

Sobre el caso Leopoldo López en Colombia se indignan, “en Venezuela no hay justicia” como si aquí no tuviéramos a un Pretelt, (presidente de la Corte Constitucional, por dios) diciendo “si me voy yo, nos vamos todos” o al magistrado Villarraga negociando impunidad para un militar condenado por los falsos positivos. Como recientemente comentó Gonzalo Guillén:“la justicia es inferior a la mafia” y no precisamente refiriéndose a Pablo Escobar.

Podríamos seguir: aquí dicen que en Venezuela no hay democracia, que es una dictadura, como si aquí no se compraran votos, jurados o hasta registradurías completas.

¿Hablamos de corrupción? ¿carrusel de la contratación de Bogotá, carteles privados, carteles públicos, reforma a la justicia, Agro Ingreso Seguro, Yidis política, Santoyo?

¿Hablamos de violaciones a derechos humanos? ¿Falsos positivos, 6 millones de desplazados, 92.0000 desaparecidos, “casas de pique”?

La verdad creo que en Colombia tenemos que ir aterrizando: ni en Venezuela están tan mal, ni aquí estamos tan bien.

Si lo que dice Santos es verdad, que el sistema venezolano se está autodestruyendo, ¿qué diremos del nuestro entonces?

No me malentiendan, no digo que Venezuela sea un país perfecto, es un país con problemas y serios, lo que cuestiono es que el debate sobre este país hermano no se ajusta a la realidad, las opiniones son descaradamente sesgadas y muchos periodistas  son claramente tendenciosos. En los medios se maximizan los problemas de Venezuela y lo que allá se hace bien aquí se desconoce, se omite… o se oculta.

En su tiempo, a Salvador Allende le llamaron loco mientras la gran industria chilena saboteaba la economía generando desabastecimiento, y la CIA construía un poderoso andamiaje que terminaría con su derrocamiento  y asesinato. La historia suele repetirse.

Tomado de:

http://www.las2orillas.co/ni-venezuela-esta-tan-mal-ni-en-colombia-estamos-tan-bien/?utm_source=Las2Orillas&utm_campaign=ad1f847313-_14_09_15_Mailing_Las2orillas&utm_medium=email&utm_term=0_c8e983cea9-ad1f847313-96028469